Cerebro, química y vino

Pese a lo que mucha gente pueda pensar, desde un punto de vista clínico, el vino, como toda bebida alcohólica, no es una sustancia estimulante, sino depresora. Esto quiere decir que ralentiza la actividad del sistema nervioso central, compuesto por el cerebro y la médula espinal y responsable, entre otras cosas, del razonamiento y la regulación de las emociones. Sin embargo, en dosis moderadas, tiene un efecto estimulador. Veamos por qué.

Lo que hace el alcohol es alterar los niveles de diversos neurotransmisores, los “mensajeros químicos” que transmiten información de unas neuronas a otras, haciendo que pensemos, actuemos o sintamos. A los efectos de este post, los neurotransmisores se dividen entre excitantes e inhibidores. Un ejemplo de los primeros es el glutamato, que incrementa la actividad cerebral. Pues bien: el alcohol reprime la liberación de glutamato y, en consecuencia, disminuye dicha actividad.

A su vez, nuestro principal neurotransmisor inhibidor es el ácido gamma aminobutírico o GABA, responsable de calmar el sistema nervioso. Al igual que conocidos tranquilizantes como el Xanax o el Valium, el alcohol potencia la producción de GABA. De ahí el efecto sedante del vino y el peligro de mezclarlo con los mencionados fármacos u otras benzodiacepinas y pasarnos de frenada.

Bajón de glutamato + subidón de GABA = menor fluidez de movimientos, pensamientos y habla. Por eso, cuando bebemos demasiado alcohol, empezamos a tropezar con las sillas, nos expresamos con lengua de trapo y soltamos sandeces que, por el pedo que llevamos, nos parecen frases lucidísimas: nuestro cerebro entra en modo stand by y no podemos ni pensar ni juzgar lo que decimos.

También nos desinhibimos, claro, porque una de las áreas deprimidas es el córtex frontal, donde “habita” el sentido común, la capacidad de analizar los pros y los contras de cada acción. Balbuceamos nuestro amor a esa persona a la que habitualmente no nos atrevemos a acercarnos, le cantamos las cuarenta al jefe en la fiesta de empresa o gritamos un “¿A que no hay huevos a subirse a esa valla?” y volvemos a casa con un rechazo, un despido o un brazo roto.

Ocurre que a esa desinhibición se suma la liberación de otros neurotransmisores -como la dopamina y la endorfina-, provocada también por el alcohol. Son sustancias a las que debemos las sensaciones placenteras, hasta el punto de que, junto a otras, se las conoce como “moléculas de la felicidad”. Incrementamos su producción cuando copulamos, comemos jamón ibérico, oímos la música que nos gusta o bebemos un par de copas de vino.

Los problemas comienzan cuando, en busca de más dopamina y endorfinas, seguimos bebiendo y, “cegados” por ellas, alteramos a saco nuestros niveles de glutamato y GABA y dejamos hecho unos zorros el sistema nervioso central. Puesto que de él dependen el resto de sistemas del organismo, las repercusiones pueden ser tanto cerebrales como cardiovasculares, hepáticas, renales, gastrointestinales, etc.

Por ejemplo, si alguna noche os pasáis con el vino, es probable que al día siguiente no la recordéis bien; si lo hacéis todas las noches, os arriesgáis a una atrofia cerebral. A nivel cardiovascular, si sois de los primeros, habréis notado alguna vez una cierta taquicardia al levantaros; si, por desgracia, os encontráis entre los segundos, lo mismo padecéis ya una arritmia o una hipertensión crónica.

La adicción, finalmente, está causada por la tolerancia al alcohol, entendiendo por tal la necesidad de beber cada vez más para obtener la misma cantidad de dopamina y endorfinas a la que nos hayamos acostumbrado. Nada mejor, pues, que los maridajes -vino moderado con sexo, jamón, música…- para que estas moléculas fluyan sin que el resto del cuerpo pague las consecuencias.

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