Cómo hacían para beber vino en plena Ley Seca

Todos hemos oído hablar de la “Ley Seca” de Estados Unidos, sobre todo gracias a las películas sobre los gánsteres que se forraron violándola. Su nombre real era “Ley Volstead”, en honor a uno de sus promotores, y entró en vigor el 17 de enero de 1920. La famosa norma no prohibía el consumo de bebidas alcohólicas, pero sí su fabricación, importación, transporte y venta, lo que venía a ser casi lo mismo. “Casi” porque, mafias aparte, muchos ciudadanos recurrieron a la imaginación y a remedios caseros en busca de, por ejemplo, un vinito que echarse al coleto.

Había quienes compraban un zumo de uva muy popular en la época y aprendían el noble arte de la fermentación. Lo paradójico es que la obligatoria etiqueta de advertencia que acompañaba al zumo acababa haciendo las veces de instrucciones para su conversión en vino: “Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclado con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida”. Ni que decir tiene que las ventas de vasijas de barro y levadura experimentaron sustanciales crecimientos.

Receta médica de la época para prescribir alcohol a un paciente.

Receta médica de la época para prescribir alcohol a un paciente.

Otros recurrían a sus médicos, que estaban autorizados a recetar bebidas alcohólicas con fines terapéuticos. Las asociaciones americanas de Farmacia y Medicina se habían opuesto a ello en 1917, pero, curiosamente, tras la aprobación de la Ley Volstead, reconsideraron la decisión, recomendando el uso de vinos y licores “como sedantes y en el tratamiento de la neurastenia”. Se calcula que, a finales de 1920, 57.000 farmacéuticos y 15.000 médicos habían solicitado ya licencias administrativas para vender y recetar bebidas alcohólicas respectivamente. En la copla de Concha Piquer “En tierra extraña”, queda inmortalizada la situación:

Fue en Nueva York
Una nochebuena.
Que yo preparé una cena
Pa’ invitar a mis paisanos.
Y en la reunión,
Toda de españoles,
Entre vivas y entre oles,
Por España se brindó.
Y como allí no beben por la Ley Seca
Y sólo al que está enfermo despachan vino,
Yo pagué a precio de oro una receta
Y compré en la farmacia vino español.

"Qué alegría, qué alboroto: podemos beber vino en un bar".

“Qué alegría, qué alboroto: podemos beber cerveza y vino en un bar”.

Finalmente, otros que tenían una exención legal eran los sacerdotes y los rabinos, que podían usar el vino sin problema en sus ritos religiosos, con lo que, aun sin datos estadísticos al respecto, es de suponer un considerable incremento de la devoción católica y judía en aquellos maravillosos años 20… y principios de los 30. Porque no fue hasta marzo de 1933 cuando el presidente Roosevelt legalizó la venta de cerveza que tuviera hasta un 3,2% de alcohol y la de vino, derogando la Ley Seca. Cuentan que, a continuación, exclamó: “Lo que ahora necesita nuestra nación es un buen trago”.

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