¿Por qué un vino cuesta lo que cuesta?

El precio de un vino depende de numerosos factores, empezando, lógicamente, por el de su materia prima, la uva. No cuestan igual unas uvas procedentes de viñedos cultivados por uno mismo que las compradas a otro productor. También hay diferencias de precio en función de la edad de las cepas, el rendimiento por hectárea del viñedo y el esfuerzo exigido para cultivar éste por las condiciones climáticas o del terreno. Tales condiciones influyen, a su vez, en la vendimia. La realizada de forma manual cuesta más que la mecánica y una recolección de uvas en parcelas inclinadas, como las del Priorat o la Ribeira Sacra, lleva más tiempo -y dinero- que otra en terreno llano.

Ya en bodega, el proceso de elaboración y producción del vino suma costes al precio. Los factores aquí son el envase -la botella con un vidrio mejor o peor, el plástico, el tetrabrik…-, el tapón de corcho o su hermano pequeño y más barato de rosca, la cápsula (que puede ser de estaño, de PVC, de aluminio…), la maquinaria empleada, los gastos en el mantenimiento de las instalaciones (luz, agua, sistema de refrigeración, humedad natural o inducida), la crianza en roble francés o americano, pues es más caro el primero que el segundo…

crianza_vinoHablando de la crianza, cuanto más dura, más caro es el vino, entre otras cosas por el almacenaje que conlleva. Un vino joven se elabora y al poco tiempo sale al mercado y deja espacio en bodega. Un vino que “duerme” plácidamente en una barrica o una botella ocupa un lugar que no se puede destinar a otra cosa, con el consiguiente coste. En España es habitual que la mayor parte de la crianza en botella la haga el productor, de forma que el vino que pone a la venta se encuentre en su punto óptimo de consumo o muy cerca de él. En Francia, sin embargo, muchos vinos con largas crianzas en barrica salen al mercado enseguida y es el consumidor el que debe “reposarlo” en botella.

En esta fase intervienen también factores estrictamente económico-empresariales como el nivel de producción (a mayor cantidad, menos costes proporcionales), la ley de la oferta y la demanda (las marcas muy demandadas, que prevén vender todo lo que producen, pueden jugar con los márgenes de beneficio) y, por supuesto, los recursos humanos, desde quienes determinan directamente la calidad del vino (enólogos con más o menos talento, operarios encargados de la maquinaria, responsables -si los hay- de tonelería…) hasta quienes hacen posible el día a día de la bodega y sus ventas (comerciales, secretarios, jefes de prensa, administrativos…). Que estas personas estén fijas en la empresa, trabajen para otra externa y subcontratada o realicen tareas puntuales -por ejemplo, recolectando en vendimia- influye también en las cuentas de la bodega, como lo hacen los ingresos extras que ésta pueda obtener por otras vías, tipo propuestas enoturísticas o gastronómicas.

etiquetado_vinosSalen los vinos al mercado y resulta que algunos de ellos, elaborados en condiciones muy similares, presentan precios dispares. Entramos entonces en el complejo mundo del marketing, que empieza en la propia etiqueta. Sus costes, repercutidos en el precio final de la botella, dependen del tipo de papel y de su diseño, a día de hoy uno de los principales factores de elección del vino según un reciente estudio de mercado. La publicidad, los patrocinios, la asistencia a ferias y otros eventos engordan igualmente los presupuestos de los departamentos de marketing, a los que vienen muy bien los numerosos premios y puntuaciones de expertos que se suceden a lo largo del año. Pese a ser frecuentes objetos de debate, es indudable que los puntos Parker o Peñín incrementan la reputación de un vino y, en consecuencia, sus ventas, lo que puede tentar al productor a subir su precio.

Sea o no por puntuaciones ajenas, la fama que una marca se haya labrado a lo largo de los años influye en lo que paga el consumidor por ella. De igual manera, estar acogido a una denominación de origen supone tanto costes para las bodegas, que pagan su correspondiente canon al consejo regulador de turno, como ventajas competitivas por el reconocimiento de que gozan algunas D.O. a nivel nacional e internacional. A este respecto, los vinos importados, salvo que lo sean a mansalva por proceder de producciones gigantescas, son lógicamente más caros, dados sus costes de transporte y almacenaje.

Finalmente, el lugar donde compramos el vino influye en su precio. La misma botella puede costar unos euros más según se adquiera en una tienda de barrio, un supermercado, una gran superficie, un establecimiento especializado, un espacio-gourmet… De nuevo, sus responsables repercuten en el precio los gastos de transporte y almacenaje y factores como el volumen de ventas de cada marca, a los que se añaden otros más intangibles y subjetivos como la decoración, el asesoramiento y la atención al cliente, que es a quien corresponde valorar si le compensa pagar más por ellos.

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